jueves, 2 de septiembre de 2010

Alegoría de Ryokan (monje japonés)

Hace mucho tiempo, había una vez un mono, una zorra y un conejo que vivían juntos en paz y armonía. Durante el día se divertían en los campos y en los prados, y, por la noche regresaban al bosque. Así transcurrieron varios años. Pero un día, el Señor del cielo oyó hablar de ellos y, queriendo comprobarlo con sus propios ojos, se disfrazó de viejo vagabundo y se acercó por aquellas tierras.
-He viajado por valles y por las montañas, estoy cansado y me faltan fuerzas. ¿Me podríais dar algo para comer?- dijo, dejando caer su bastón y sentándose a descansar.
El mono salió corriendo en seguida a buscar frutos caídos de los árboles y se los trajo. La zorra le ofreció peces del río. El conejo corrió por los campos en todas direcciones, pero no consiguió encontrar nada. Cuando los tres volvieron a casa, el mono, y la zorra se burlaban de él:
-No sirves para nada. El conejo se quedó muy triste y pensativo. Al cabo de un rato, pidió al mono que fuese a recoger un poco de leña y a la zorra que encendiese un buen fuego, y ellos lo hicieron sin tardanza. Entonces el conejo dijo al anciano:
-Cómeme, por favor,- Y arrojándose al fuego se ofreció en holocausto. Al ver esto, el viejo vagabundo experimentó un profundo dolor (hubiera preferido ser él quien se quemara mil veces en lugar del conejo), y lloró copiosamente mirando al cielo. Luego, golpeando al suelo con su bastón exclamó:
-Todos merecéis alabanzas, pues habéis sido buenos y valientes. No hay vencedores ni vencidos. Pero la prueba de amor del conejo ha sido excepcional. Y volviendo al conejo a su forma original, llevó su cadáver consigo al cielo y lo enterró en el palacio de la Luna.